Hay un momento en la vida de casi todos los guionistas —al menos de aquellos que sobreviven lo suficiente a la frustración, a los talleres, a las reescrituras y a esa dolorosa costumbre de enamorarse de escenas que tarde o temprano deberán cortar— en el que uno descubre algo profundamente incómodo: gran parte de lo que creíamos entender sobre estructura dramática apenas estaba rozando la superficie de un problema mucho más complejo. Yo tardé demasiados años en comprenderlo.