jueves, 9 de julio de 2015

¿Qué es el tono de un guión, y cómo se escribe?

Si alguien nos pregunta cuál es el tono de una historia, podría ser bastante sencillo de definir. Al menos en una primera instancia. Diríamos que una película es triste o alegre, oscura o inquietante. Y podemos decir esto porque hay algo que hemos percibido en ella, que la define y que nos llega rápido y sin error.

Más difícil es descubrir cómo se construye el tono. O si lo queremos decir con más precisión, cómo se compone. Porque a todos los efectos, la construcción del tono de una historia depende de un trabajo de composición.

Aunque la elaboración del tono integra varios aspectos, yo me atrevería a proponer uno primero que los abarque todos: el tono refleja el estado de ánimo de una historia. Y la propiedad que tiene este estado de ánimo es que se puede nombrar casi siempre con una sola palabra. Una película o una serie nos habla desde un cierto tono que establece y nosotros empatizamos con él. No importa que lo que vimos nos guste o no, lo que importa es cómo nos hizo sentir y siempre sentimos algo.

Luego se puede pensar en un segundo aspecto que abarque una obra completa: el género. No pensemos en el género en términos de crítica cinematográfica. No lo veamos en sus matices, aún. Pensemos simplemente que el género nombra nuestro estado de ánimo de una manera más específica o más literaria. No digo que vi una película alegre, sino una comedia. Comedia admite una cantidad de posibilidades y matices en el tono. Si yo digo comedia, hablo de un tono alegre, divertido. Hay gente que habla de películas “de llorar”.  Pueden ser dramas, tragedias, comedias y comedias dramáticas. Pero “de llorar” puede convertirse en una auténtica marca definitoria del tono.

Stephen King en su libro “Danza macabra” cuenta que en el género de terror una película está inevitablemente marcada por la noción de que el encuentro con el monstruo significa la muerte. Ese clima de muerte inminente es el que le brinda el tono a una película de terror: la idea de que alguien siempre está en peligro de morir y que el héroe será aquel que sobreviva al encuentro con el monstruo. A veces.

Esa lógica es la que excluye la posibilidad de construir la película como un drama político, aún si el monstruo en cuestión se llamara Augusto Pinochet. Tono y género están íntimamente relacionados y suelen abarcar la forma en que percibimos una película.

La catarsis de la que hablaba Aristóteles en un sentido más llano, nos habla de la capacidad del público, no meramente de un espectador solitario, de emocionarse con una obra. Podríamos decir que es la historia en sí la que provoca la emoción, pero esa historia está recogida en un envase que guía nuestro punto de vista y ese envase es el tono.

El tono y los tonos se relacionan en un todo con los sentidos. Disparan un sentimiento, una referencia, un recuerdo, pero sobre todo nos proponen un punto de vista y nos disponen emocionalmente a recorrerlo. En audiovisual como en música, el tono se construye como un recorrido que es capaz de superar sus tramos aislados.

“Romeo y Julieta” comienza como una comedia y no es sino hasta la muerte de Mercuccio, que la obra no cambia su tono. Pasa de la luz a la oscuridad a través del filtro de la muerte. No es en sí que sólo la muerte de Mercuccio sea lo que cambia toda la perspectiva sobre la historia y muta la comedia en tragedia. Es que todos sus personajes son invadidos por esa onda expansiva con la cual Mercuccio los infecta y es esa misma muerte la que alcanza a los protagonistas al final. El cambio de tono es tan brutal, que cuando pensamos en la obra completa nos resulta difícil imaginarnos que esa historia pudo haber sido una fresca historia de amor. Y es Shakespeare el que maneja el punto de vista de tal forma que puede pasar de un estado al otro, de un tono al otro.

En dramaturgia se combinan las diferentes formas de percepción humana con el fin de provocar un estado de ánimo, y que se sintetiza en un tono. Plásticamente trabaja con luces y sombras, alternativamente, y se vale de los cálidos y los fríos. A veces esto está marcado en una escena desde el comienzo, en la forma que un personaje entra, en el humor que tiene, en el espacio que lo contiene. Otras, dentro de una misma escena, es un conflicto entre personajes oscuros y luminosos. A veces estos personajes no cambian y otras cambian de signo. A veces es el amor o el desamor lo que los cambia. Y ese cambio determina el tono.

La determinación de Lady Macbeth confronta con los temores de Macbeth, y es ese contexto de conspiración y traición en la oscuridad y en los pasillos, el que le brinda el tono, casi tanto o más que las acciones.

El guionista compone sobre una tabla en la que los personajes se contrastan con el fondo. El fondo es un espacio físico, un contexto histórico, una amenaza, un peligro inminente. Un personaje pusilánime en un contexto que exige determinaciones construye de inmediato un tono. Si es día o es noche, si es la ciudad o el campo abierto, o el medio del mar. Un personaje confrontado con su contexto es una premisa de trabajo para el tono. El humor y el carácter del personaje se impregna sobre la inmanencia de un espacio en el que puede estar solo o acompañado, pero siempre corriendo algún tipo de riesgo.

Si nos distanciamos de lo plástico y entramos en lo sonoro, veremos que también esta forma de percibir nos delimita el tono. Nuestros personajes son instrumentos musicales. En Pedro y el Lobo de Prokofieff, el compositor ruso construye la historia asimilando a cada uno con un instrumento que describe su fuerza y su tonalidad. Los personajes tienen una resonancia y ejecutan de una manera peculiar. Pueden ser melodiosos y entonados, o pueden ser ruidosos y desafinados. La musicalidad construye espacios, alianzas y climas. Hay obras que son de cámara, tranquilas y para pocos instrumentos. Hay otras que son orquestales, excesivas. Hay otras, como propuso Bergman en su película “Saraband” que tienen solo dos ejecutores. Esas opciones crean espacios públicos o íntimos. Está en el autor saber si un personaje es una guitarra rota o un violín. Si suena como percusión o como viento. Inevitablemente esas decisiones influyen en el tono.

Y otras veces los sentidos que intervienen son menos usuales, pero igualmente útiles. ¿A qué huele un espacio? ¿Tiene un perfume o es inodoro? ¿Y un personaje? ¿Es dulzón y atractivo o es agresivo? El olfato también nos da un rango. Quizás el rango más estrecho, pero reconocible. Está en nuestro presente y está en nuestra memoria. O el gusto. Hay situaciones que nos remiten a sabores (y no solamente en el porno, cabe decirlo) y nos provoca una reacción. Reconocemos esa sensación al tragar o al digerir. En una escena, ¿qué sentimos si un amante besa o lame a su pareja que acaba de salir del mar? Percibimos eso, podemos registrarlo. Pero si quien lame es un hombre anciano a una niña, nuestra sensación cambia.

Nuestros personajes pueden tener pieles arrugadas o suaves. Pueden tener la consistencia de una piedra, ser quebradizos como un papel o escaparse de nuestras manos como la arena. El tono combina todos estos elementos. Se compone de rangos y contrastes. Puede a veces resumirse en sensaciones muy primarias o en conceptos muy complejos, pero aún cuando los conceptos sean complejos y dependan de un entramado, debajo de ellos hay una sensación, de amor u odio, de agrado o desagrado, de pasión o de reflexión. 

Los infinitos matices que componen el tono que el guionista quiere comunicar a su público, se reúnen en una paleta en la que entran todos los sentidos y las referencias. Construimos sentidos. Construimos estados de ánimo. Nos valemos de elementos plásticos y sonoros. Nos valemos de equivalencias. No es, seguramente, lo primero que pensamos. Pero cuando le damos una segunda vuelta a las cosas, podemos descubrir que en nuestra historia hay un personaje que es como una piedra, inamovible, pero a su alrededor todo se mueve y muta. El contraste entre ambos elementos nos comunica un tono. 

Pensemos sin ir más lejos en Gran Torino de Eastwood. Un hombre anciano que no dejó su casa, que perdió su esposa, a quien sus hijos se le van alejando en vida, rodeado de un mundo en el que todo ha cambiado menos él, donde es “el último hombre blanco”. Y en ese mundo despiadado y carente de afecto, él encuentra una ocasión y una causa para luchar por algo, hacer algo bien, aunque le cueste la vida. ¿Se percibe el tono? ¿Se percibe esa melancolía?

De esa manera se construye un tono. Con elementos variados, con rangos y con contrastes, con noción de que trabajamos con una paleta y que en ella tenemos colores y climas. Y que nuestros espacios suenan, y que las voces de nuestros personajes se complementan o chocan con ellos. 

Nadie puede decir cómo hacerlo porque en eso reside el arte. Y porque no hay una forma, sino varias. Y quizás porque en el fondo el trabajo sobre el tono es el trabajo, a fondo, sobre el propio punto de vista. Entender nuestras historias y nuestros personajes que son como colores o instrumentos. Transposiciones de otras cosas. Siempre metáforas de algo que hay que alcanzar y con las que queremos conmover.  Crear estados de ánimo.

Para eso se puede acudir a alguna fórmula, pero no siempre alcanza. Porque de lo que trata de verdad todo esto del tono es de ser sensible y, por si fuera poco, de saber contarlo.

2 comentarios:

Alberto Cabrera Centeno dijo...

Una gran entrada. Muy instructiva para todos aquellos que, como yo, estamos dando nuestros primeros pasos en el guión, y de la que también pueden aprender mucho aquellos que ya están más curtidos.
Un saludo.

El inquilino dijo...

Así es, Alberto. Gustavo, el autor de esta entrada es un gran escritor, entre otras cosas, de teoría dramática. Ojalá algún día podamos publicar un libro de él. Hasta entonces, muchas gracias por leernos Alberto. Celebro que te sirvan nuestros artículos.

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